Por: Guillermo Serrano
Siempre nos gusta la historia de David contra Goliat. Cuando el estudio Strikerz anunció UFL, el corazón de muchos fans del fútbol virtual dio un vuelco. Prometían el "Fair to Play", romper el duopolio de EA Sports FC (el eterno FIFA) y eFootball (Pro Evolution Soccer), y devolver el juego a la comunidad. Hoy, la realidad vuelve a golpear donde más duele: en los puestos de trabajo. El anuncio de una "reestructuración" que fulmina al 20% de su plantilla (unos 90 desarrolladores) es el enésimo recordatorio de que las buenas intenciones no bastan para sostener un videojuego moderno.
El romanticismo no paga las facturas
Es fácil caer en el discurso corporativo de que esto es solo un paso para "alinear la empresa de cara a las próximas fases" tras el soft launch en móviles. Pero no nos engañemos. Cuando despides a casi una quinta parte de tu equipo, no estás "evolucionando el modelo operativo"; estás recortando gastos porque las cuentas no cuadran.
UFL aspiraba a sentarse en la misma mesa que los gigantes, pero construir un simulador de fútbol desde cero es un Everest técnico y de licencias. Competir contra el músculo financiero de Electronic Arts es, hoy por hoy, un suicidio comercial si no se cuenta con un respaldo masivo de usuarios desde el día uno. Y parece que el público, por mucho que se queje de las microtransacciones de EA, sigue prefiriendo lo malo conocido.
El coste humano de la ambición
Lo verdaderamente trágico de esta noticia no es que el juego sea mejor o peor, o que eventos como el Footy Fest sigan en marcha hasta finales de julio. Lo preocupante es la tendencia. Una vez más, la industria del videojuego demuestra su cara más cruda: la ambición desmedida de los despachos la terminan pagando los de siempre, los desarrolladores que se han dejado la piel programando físicas de balón y modelando estadios.
Strikerz asegura que el compromiso con la franquicia sigue intacto. Ojalá sea verdad. El mercado necesita competencia para salir del estancamiento de los últimos años. Sin embargo, con un equipo reducido a 360 personas y el titánico reto de mantener vivas las versiones de consola, PC y ahora móviles, el camino de UFL se vuelve cuesta arriba.
La lección es clara: para ser el "nuevo FIFA" no basta con querer serlo, se necesita un milagro. Y en la industria actual, los milagros escasean, pero los despidos abundan. Sabor amargo para un proyecto que prometía cambiar las reglas del juego.
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